La historia detrás del pingüino

El famoso pingüinito de vino es un complemento de la mesa argentina que marcó toda una época. Su origen es ampliamente discutido, pero se cree que vino de la mano de los inmigrantes italianos en la década del ´30 para cubrir una necesidad en el servicio del vino.

Resulta que por aquellos años – sin todavía la ley de envasado en origen, que estableció que el vino debiese ser fraccionado en la zona de producción – las bodegas trasladaban el vino a granel hasta las grandes zonas de consumo como Rosario, Buenos Aires y Córdoba para comercializarlo en envases de 200 litros, 20 litros o 5 litros a cantinas, pulperías o vendedores de vino. Muchas veces el fraccionado quedaba a cargo del propio comercializador, por lo que no se podía garantizar la calidad de la bebida y casi inevitablemente se veía alterada. En esta parte de la historia la calidad y la conservación del vino no era un tema que desvelase a la sociedad: el vendedor fraccionaba el vino en damajuanas o directamente vendía las mismas fraccionadas por la propia bodega en su planta local, pero el cantinero necesitaba trasladar el vino a la mesa del cliente, y es allí  donde tomó importancia este simpático animal.

 Previo al pingüino, se utilizaban jarras con una manija de mimbre;  pero en algún punto (incierto) este pingüino devenido en jarra de vino se popularizó y comenzó a utilizarse masivamente tanto en los negocios como en la mesa familiar, con un pico de uso en los años 50 y 70. Luego de sancionada la ley de envasado en origen, la industria se tuvo que volcar al desarollo del packaging como lo conocemos hoy: botella de 750 ml con etiqueta. A partir de ahí comenzó a moldearse de a poco la presentación de los vinos y, ya en el  nuevo siglo, surgió una revolución cultural y estética que llevó a las bodegas a la imperiosa necesidad de una diferenciación visual.

Como toda moda tiene su contra-moda, hoy vemos reflotar la tendencia del uso del pingüino en la mesa familiar y en los bares.

 El vino que llega a este tipo de jarra suele ser mucho mejor del que llegaba hace medio siglo (hoy es muy común que se rellene con vino de bag-in-box, o por qué no, de damajuana). Tal vez la peor desventaja de esta jarra es que se pierde de vista todo el arte que pueden tener algunas etiquetas o las sensaciones que genera el conocer a la bodega y al productor.

No obstante, brindamos por el pingüinito que ha sido parte de muchas mesas memorables, de amigos y familias, ¡y de muchas anécdotas también!

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