Criollas, la revaloración de la cepa

Las variedades criollas son autóctonas de nuestra región porque se originaron en Sudamérica como resultado del cruce natural que se dio entre las plantas de vid traídas por los españoles. De ese cruzamiento, que se ha dado por siglos, surgieron las variedades “Criollas” que crecen no sólo en Argentina sino también en Perú y Chile.

Existen más de cincuenta variedades criollas, muchas de ellas todavía no identificadas, pero las más importantes son Cereza, Criolla Grande, Criolla Chica (también llamada País y Misión), Pedro Giménez, Moscatel Rosado, Moscatel Amarillo y tres variedades de Torrontés argentino: Mendocino, Riojano y Sanjuanino.

Cuando se hace foco en la calidad de estas cepas y en el cuidado del viñedo, el rendimiento de las mismas puede ser muy bueno. El resultado  puede ser realmente sorprendente al obtener vinos muy jóvenes, con aromas diferentes a los que estamos habituados  y, sobre todo, deslumbran a paladares expertos con nuevos sabores y aromas.

El mercado vitivinícola ya cuenta con varias bodegas de primera línea que comenzaron a producir vinos con uva criolla como protagonista. Tal es el caso de Cara Sur, en el Valle de Calingasta, en San Juan;  El Esteco en Cafayate y Catena Zapata en Mendoza. Estas bodegas argentinas proponen un vino diferente, muy fresco y joven, con el atractivo único que ofrecen estas cepas.

Para estas uvas ancestrales, el mundo vitivinícola recién está despertando. Sin embargo se vislumbran  proyectos y descubrimientos que seguramente tengan muy buen resultado y sorprendan tanto a expertos como a simples consumidores que buscan algo diferente.

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