Champagne, solo si es francés.

 El Champagne tiene sus orígenes ligados al descubrimiento por parte Dom Pierre Pérignon, un monje benedictino francés que vivió entre 1638 y 1715 y que pasó buena parte de sus 77 años de vida en la abadía de Hautvilliers, situada en plena región de Champagne (aquella en la que se elabora el champán). La leyenda cuenta que dio con la fórmula del champán (el famoso método de la doble fermentación) por pura casualidad y que cuando bebió por primera llamo a todos diciendo: “¡Venid corriendo, estoy bebiendo las estrellas.”

Sólo se lo puede denominar como Champagne, si las uvas con las que ha sido elaborado son de la región de Champagne, Francia (donde crecen tres variedades: pinot noir, pinot meunier y chardonnay) y si el vino se ha realizado siguiendo el método tradicional de la doble fermentación es decir champenoise.

Además, para ser champagne debe como mínimo permanecer 15 meses en crianza, como se denomina al proceso de envejecimiento y maduración de los vinos para conseguir de ellos los mejores matices y aromas.

La región donde nace al champagne se encuentra casi en el extremo norte de Francia. Es una de las zonas de viñedos de mayor latitud de Europa, superada sólo por la parte sur de Inglaterra.

Una de sus peculiaridades es que su suelo es calcáreo, lo que permite que retenga el agua y el calor, favorece el drenaje y aporta a las uvas una mineralidad muy particular. En Champagne se cuentan en total 34.000 hectáreas de viñedos. En 2016, esa región fue declarada Patrimonio de la Humanidad.

Ahora si, ya saben, solo podemos denominar como Champage si viene de esta región, sino solamente los llamamos vinos espumosos o espumantes.

 

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